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miércoles, 2 de octubre de 2013

La Diada, la conmemoración de una derrota española (y III)


(Viene de una entrada anterior)

Felipe de Anjou, pues, llegó a Madrid el 17 de febrero de 1701 y fue ungido en Toledo como Felipe V, rey de España. Las Cortes de Castilla lo proclamaron como rey y luego juró los fueros de Aragón, reino al que pertenecía Cataluña.

Su abuelo Luis XIV, que mandaba de facto en España debido a la influencia que tenía sobre su nieto, tenía como único interés el comercio con las Indias Occidentales y las riquezas que producían. Así los puertos de la América española fueron pacíficamente invadidos por buques franceses. Pero la medida que tuvo mayor trascendencia fue la concesión del Asiento de Negros (el monopolio de la trata de esclavos con América) a la “Compagnie de Guinée”, de la que Luis XIV y Felipe V, tenían el 50% de las acciones. Según historiadores y contemporáneos de Inglaterra y Holanda, este fue el detonante de la Guerra de la Sucesión.

Estando así las cosas, Inglaterra y Holanda firmaron un acuerdo (Tratado de La Haya, 1701) para realizar acciones conjuntas contra Francia  y dieron su apoyo, ya puestos y por fastidiar, a las aspiraciones al trono al segundo hijo del Emperador Leopoldo I.  Se formó una coalición anti-borbónica. Este pacto, que fue conocido como la Gran Alianza, unió a los países mencionados junto con Prusia, reino de Portugal y el Ducado de Saboya.

La guerra, pues, se inició en las fronteras del reino francés junto con los países de la Gran Alianza para luego trasladarse dentro de las fronteras españolas. Aquí, se convirtió en una auténtica guerra civil española, la primera, entre el reino de Aragón partidario del Archiduque Carlos que pretendía una nación más transversal y la Corona de Castilla que aceptó como Rey a Felipe, que era partidario de un sistema absolutista.

En plena guerra, Sir George Rooke y Jorge de Darmstadt llevaron a cabo un desembarco en Barcelona para fomentar la rebelión austracista. Dicha empresa fue un fracaso puesto que a pesar de sus simpatías por el candidato germánico no se produjo ninguna rebelión por parte de la población. Como consecuencia de esta acción, el virrey en Cataluña, Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar, liberó una represión contra las instituciones catalanas por las que fueron suprimidas.

A su vez, la reina Ana de Inglaterra, nombró a un comerciante de aguardiente afincado en Cataluña, Mitford Crowe, como comisionado suyo para “contratar una alianza entre nosotros y el principado y cualquier otra provincia española”. Al no poder contactar con las instituciones catalanas, Crowe, se puso en contacto con el grupo vigatans para que firmaran una alianza anglocatalana.

Los vigatans cumplieron su parte del pacto y extendieron la rebelión por todo el principado, salvo Barcelona, y el candidato Carlos desembarcó en Lisboa rumbo a Cataluña. En agosto de 1705 llegó una flota aliada a Barcelona y la sitió. El 9 de octubre capituló la ciudad y el 22 entraba el Archiduque Carlos en Barcelona jurando como Conde de Barcelona y pretendiendo ser el rey Carlos III de España.

Así comenzó un nuevo asedio a varias comarcas de Cataluña pero esta vez por Felipe V. Es decir, por el bando contrario.

Al mismo tiempo y debido a la crítica situación del erario francés el rey Luis XIV pretendió negociar el final de la guerra. Ante la negativa del nieto de abandonar su nuevo reino, Luis XIV, mandó a sus tropas que fueran abandonando el territorio español y se concentró en defender sus amenazadas fronteras del norte. Esto hizo que Felipe V rompiera con su abuelo, haciendo que España fuera, otra vez, independiente de Francia. También rompió con el Papado que lejos de meterse en política apoyaba animosamente al pretendiente Carlos.   

Carlos III fue ganando terreno por Cataluña y Aragón y pretendió entrar en Madrid. Lo consiguió en dos ocasiones. Tras varias batallas exitosas para el Archiduque, los triunfos borbónicos de Brihuega y Villaviciosa hicieron que la tortilla se volviera de cara del rey Felipe V.


(Continúa en una próxima entrada)




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martes, 24 de septiembre de 2013

La Diada, conmemoración de una derrota española (y I)



Hace poco se celebró en Cataluña la Diada. El 11 de septiembre. Y como siempre en esas fechas, y este año 2013, más que nunca, se instaba desde las más altas instancias del poder regional a la independencia de Cataluña. Artur Mas, presidente de la Generalidad, celebrando ese día como el día de la patria catalana decía que pronto se convocará un referéndum para preguntar a los ciudadanos si querían ser independientes. Porque yo lo valgo.

Estando así las cosas, y haciendo más ruidos los nacionalistas que otras veces, deberíamos abordar el tema para ver si es verdad aquello que proclaman y si está justificado todo lo que reclaman.

Para ello necesitaríamos hacer un poco de historia.

A finales del siglo XVII reinaba en toda España (en todas las Españas deberíamos decir ya que también englobaba las de ultramar y muchos territorios de Europa) Carlos II de la Casa de los Habsburgo. Debido a sus constantes enfermedades y a su infertilidad, el Hechizado, pues así era socarronamente llamado por sus súbditos, siempre tan dispuestos a la chismorrería y los chistes, no dejó descendencia a la que poder legar su acaudalado trono. Y eso, si para un rey era cosa importante, no lo era menos para la nación que regía y para sus futuros súbditos.

Los años anteriores a su muerte, expiró en noviembre de 1700, la cuestión sucesoria del Imperio se convirtió en asunto internacional. España con todas sus colonias era un botín que no podían dejar escapar las otras naciones europeas. A todos los monarcas reinantes los ojos les hicieron chiribitas y empezaron a salivar profusamente ante la posibilidad de quedarse con un trozo del pastel. Eran perros de caza y la presa era una huérfana España.

Al principio, existían dos posibles familias con derecho a reclamar la corona española, la casa de los Borbones y la de los Habsburgo, ya  que el Rey de Francia Luis XIV (Borbón) y el emperador Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico (Habsburgo) estaban casados con infantas españolas, hijas de Felipe IV. Los candidatos eran a la izquierda y vistiendo camisola azul y representando a Francia, Felipe de Anjou, y a la derecha del ring con camisola blanca y representando a Alemania, el Archiduque Carlos. Que comience el combate.

Dado que el pobre Hechizado no conseguía tener hijos ni aunque copulara con monjes rezando a su vera, ni mejoraba su salud con los exorcismos, decidió unos años antes de morir nombrar heredero a José Fernando de Baviera. Así se calmaran las ansias europeas, pensó. Esta era una tercera opción que nada tenía que ver con las anteriores y que era apoyada por las otras dos potencias europeas del momento, Inglaterra y Países Bajos.

Ingleses y holandeses veían con malos ojos las dos opciones primeras. Sus intereses peligrarían si el heredero era de la rama Borbónica ya que haría de España y Francia un eje católico y una potencia hegemónica de tal tamaño que los barrería de la escena internacional. Igual sucedería si se decantaba por algunos de los hijos de Leopoldo I ya que resurgiría un imperio semejante al de Carlos I de España y V de Alemania. Francia, obviamente, tampoco disfrutaba mucho con esta opción ya que de repetirse el eje España - Austria, volvería a verse aislada como entonces.

Siendo el chaval José Fernando de Baviera el mejor candidato para los cortesanos españoles y el que menos amenazas representaba para el resto de potencias europeas, su elección como heredero tranquilizó las europeas aguas regias.


(sigue en una próxima entrada)




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